jueves, 28 de diciembre de 2017

El invierno en que Karl




"Me puse a beber aquel invierno que Karl empezó con el yoga, para tener la depresión por el mango. Aquel invierno que Karl estaba fuera cada vez más veces. El invierno en el que quedó muy claro que las relaciones abiertas no son más que una salvación de algo que ya no quiere ser salvado, al menos no por una parte, al mneos por Karl no. El invierno en que Karl solo tomaba por la mañana zumo de limón caliente, y las mañanas en que yo aplastaba mis cigarrillos en los medios limones tirados y esperaba a que él volviera a casa."

Ronja Von Rönne, Ya vamos.




La Pietá, baina alderantziz




La Pietá, baina alderantziz

Gure izebak, eta gure ama maiteak berdin,
berandu ohartzen ziren bizitzaren garrantziaz,
hirurogeitamar urterekin, edo laurogeiekin,
eta txoraturik aurkikuntza latz hura zela eta
nahastuta ibiltzen ziren hainbat hilabetez,
bere semealabei bazkaririk prestatu gabe
supermerkatuan gauza xelebreak erosiz,
telefono dei amaigabeak nornahiri eginez;
etxe atarian ovni bat ikusi izan balute bezala.

Gero, denbora galdua eskuratu behar zutela eta,
gure izebak, eta gure ama maiteak berdin,
herriko udaletxeak antolatu gimnasia saioetarako
ematen zuten izena, "Urlia naiz, edo Sandia,
ez, ez dizut esango zenbat urte bete ditudan";
eta handik aurrera oihuka, korrika, jauzika,
ematen zioten hasiera egunari, bat-bi, bat-bi,
bat-bi eta txalo, bat-bi, bat-bi, bat-bi eta txalo.
Polikiroldegiak hozki jasotzen zizkien algarak

Ikasle larderiatsuaren aginduetara makurturik
oihuka, korrika, jauzika jotzen zuten aurrera,
eta aldian behin afari bat egiten zuten denek
txandala kendu eta soineko dotoreak jantziz;
egun batean, azkenez, sukaldean txorabiatu
eta zerraldo erortzen ziren semealaben oinetan,
eta hantxe gelditzen ziren hilda beraien kideek
polikiroldegian gimnasiari ekiten zioten bitartean,
bat-bi- bat-bi, bat-bi eta txalo, bat-bi, bat-bi.


Una altra Pietá

Nuestras tías, y lo mismo nuestras madres,
reparaban tarde en la importancia de la vida,
nunca antes de los setenta o de los sesenta,
y estupefactas ante aquel descubrimiento,
perdían la cabeza durante varias semanas:
olvidaban la cita de los jueves con sus hijos
hacían compras tontas en el supermercado,
hablaban por teléfono a gritos, interminablemente
como si en su patio hubiesen visto un ovni.

Más tarde, dispuestas a recuperar su tiempo,
nuestras tías, y lo mismo nuestras madres,
daban su nombre para las clases de gimnasia
promovidas por el ayuntamiento, "soy Mengana
por favor no me pregunte la edad que tengo";
a partir de entonces, bailaban al compás
de los números, dando carreras, chillidos, saltos,
Uno Dos, Uuno Dos Tres y Arriba, Uno Dos.
El polideportivo recogía sus risas con frialdad.

Cumplidoras fieles de las órdenes del profesor
seguían adelante con sus carreras, chillidos, saltos,
y de vez en cuando se marchaban todas a cenar
dejando el chándal y vistiéndose con elegancia;
luego, un día, se mareaban durante el desayuno
y caían redondas sobre uno cualquiera de sus hijos;
morían poco después, a primera hora de la mañana,
mientras sus amigas, en el polideportivo, coreaban
el Uno Dos, Uuno Dos Tres y Arriba, Uno Dos.


Pietá

Our aunts and our mothers too
never noticed how important life was
until they reached their sixties or seventies,
then, astonished by this discovery,
they went quite mad for a few weeks:
they forgot their regular Thursday date with their children,
they bought things they didn't need from the supermarket,
they yelled down the phone, interminably,
as if they had spotted a UFO landing in the back garden.

Later, determined to make up for lost time,
Our aunts and our mothers too
Signed up for aerobic classes
Run by the local authority, 'My name's so-and-so,
But please don't ask me my age.'
And from then on, they danced to the rhythm
Of the numbers, running up and down, whooping and jumping,
One Two Three and Stretch, One Two Three and Stretch.
The sports centre coldly gathered up their laughter.

Obedient to the teacher's orders,
They continued their running up and down, their whooping and jumping,
And now and again they would all go out to supper together,
Abandoning their tracksuits for something more elegant.
Until, one day, they would come over all dizzy at breakfast
And collapse on top of one of their children,
And they would die some time later, early in the morning,
While their friends at the sports centre were still busily chanting
One Two Three and Stretch, One Two Three and Stretch.

Translated by Margaret Jull Costa

El hombre ha sido creado para la dicha





"Durante su cautiverio en la barraca, Pierre descubrió, no por medio de la inteligencia, sino con todo su ser, con la vida misma, que el hombre ha sido creado para la dicha, que ésta reside en él, en la satisfacción de las necesidades naturales, y que todas las desgracias provienen del exceso y no de la falta de cosas. Pero después, durante aquellas tres semanas de marcha, se enteró de otra verdad consoladora: que no hay nada temible en este mundo. Supo que lo mismo que no existe en la tierra una situación en que el hombre sea feliz y completamente libre, tampoco hay ninguna  en que sea totalmente desgraciado y esclavo. Comprendió que hay un límite para el sufrimiento y otro para la libertad y que ambos están muy cerca; que el hombre que sufre porque en su lecho de rosas se ha doblado un pétalo, sufre exactamente igual que sufría Pierre al tratar de dormirse en la tierra húmeda y de calentarse por un lado mientras se le enfriaba el otro. Cuando se ponía zapatos de baile demasiado estrechos padecía igual que ahora que iba descalzo (hacía bastante que sus botas se habían destrozado) y tenía los pies lacerados. Comprendió que cuando se casó, por su propia voluntad según creía, no era mayor su libertad que ahora que lo habían encerrado en una cuadra. De todo lo que pasó, que posteriormente también él llamaba sufrimiento, a pesar de que casi ni se dio cuenta de ello mientras lo vivió, fueron sus pies descalzos, lacerados y llenos de ampollas los que lo hicieron sufrir más. (La carne de caballo era buena y alimenticia, el salitre que empleaba en lugar de sal hasta resultaba agradable; no pasaba demasiado frío; de día, durante las marchas, siempre hacía calor, y de noche encendían hogueras; los piojos que le picaban calentaban su cuerpo.) Lo único penoso durante los primeros tiempos fueron sus pies doloridos.

Al día siguiente de la salida de Moscú, cuando se miró las ampollas de los pies a la llama de la hoguera, pensó que no podría dar un solo paso más. Pero en el momento en que todos se levantaron, echó a andar y cojeó hasta que se le calentaron los pies; después ni siquiera sintió dolor, a pesar d eque al anochecer daba horror ver el estado en que se hallaban. Pero Pierre no se miraba los pies y tartaba de pensar en otra cosa.

Sólo entonces comprendió toda la fuerza vital del ser humano y esa capacidad beneficiosa de cambiar de atención que tiene el hombre, semejante a la válvula de seguridad de las máquinas de vapor, que despiden el exceso de éste cuando su presión sobrepasa la medida normal.

Pierre no había visto ni oído el fusilamiento de los presos rezagados, a pesar de que habían caído más de ciento de esta forma. No pensaba en Karataiev, que se debilitaba a cada momento, y que sin dudad no tardaría en correr la misma suerte. Y aún menos en sí mismo. Cuanto más penosa se volvía su
situación y más terrible se le presentaba el porvenir, más alegres y consoladores eran sus pensamientos, sus recuerdos y sus ilusiones, independientemente de cuanto lo rodeaba."

Tolstói, Guerra y paz II




Centenares de hombres de talento





"Y aunque yo era entonces un chiquillo, recuerdo que pensé lo siguiente: "Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de su vida los disparates que hacen a veces las naciones dirigidas por centenares de hombres de talento".

Pérez Galdós, Episodios nacionales I Trafalgar.




Hacía mucho que no se divertían tanto




"Con el avance del enemigo hacia la capital, la opinión de los moscovitas sobre su situación no se hacía más seria, sino que, por el contrario, pareció hacerse más superficial, como suele ocurrir a los hombres que ven llegar un gran peligro. Cuando se acerca un peligro, dos voces hablan siempre con la misma fuerza en el alma del hombre: una dice razonablemente que se debe reflexionar sobre la calidad del peligro y el medio de librarse de él; la otra afirma más razonablemente aún que es demasiado penosos pensar en el peligro cuando no está en el poder del hombre prever todos los males ni apartarse de ellos, de manera que es mejor rechazar todo lo penoso hasta el momento que llegue y pensar en cosas agradables. Estando solo, el hombre escucha por lo general la primera voz, y cuando está en sociedad, por el contrario sigue la segunda. Eso es lo que les ocurría a los habitantes de Moscú. Hacía mucho que no se divertían tanto como aquel año."

Tolstói, Guerra y paz II.




Et la face du monde eût été changée





"Muchos historiadores dicen que la batalla de Borodino no fue ganada por los franceses porque Napoleón estaba acatarrado y que, a no ser por eso, sus órdenes anteriores a la batalla y mientras ésta tenía lugar habrían sido aún más geniales, Rusia hubiera perecido et la face du monde eût été changée. Para los historiadores que admiten que Rusia se ha formado por la voluntad de un solo  hombre, Pedro el Grande, y que Francia se ha transformado de República en Imperio y que los ejércitos franceses entraron en Rusia por la voluntad de un solo hombre, Napoleón, es muy lógico el razonamiento de que Rusia venciera porque Napoleón estuviese acatarrado el día 26"

Tolstói, Guerra y paz II.


No les hizo dignos del combate más que el combate mismo





"Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros familiarizados, como Marcial, con la guerra y con la tempestad. Entre los soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo común todos eran de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos del combate más que el combate mismo, como advertí después. A pesar del distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes momentos que precedieron al primer cañonazo la idea de Dios estaba en todas las cabezas."

Pérez Galdós, Episodios nacionales I, Trafalgar.


viernes, 3 de noviembre de 2017

What's Up



Twenty-five years and my life is still
Trying to get up that great big hill of hope
For a destination

I realized quickly when I knew I should
That the world was made up of this brotherhood of man
For whatever that means

And so I cry sometimes
When I'm lying in bed just to get it all out
What's in my head
And I, I am feeling a little peculiar

And so I wake in the morning
And I step outside
And I take a deep breath and I get real high
And I scream from the top of my lungs
What's going on?

And I say, hey yeah yeah, hey yeah yeah
I said hey, what's going on?

And I try, oh my god do I try
I try all the time, in this institution

And I pray, oh my god do I pray
I pray every single day
For a revolution

And so I cry sometimes
When I'm lying bed
Just to get it all out
What's in my head
And I, I am feeling a little peculiar

And so I wake in the morning
And I step outside
And I take a deep breath and I get real high
And I scream from the top of my lungs
What's going on?





Un día cualquiera de verano




"Así fue o, al menos, así pudo ser. Lo único que puede afirmarse con certeza es que Carmen de Pedro y Jesús Monzón, que hasta este momento han sido simples conocidos, de vista y poco más, se encuentran en Francia, problamente Toulouse y en apariencia por azar, en un día cualquiera de verano, agosto, quizás julio, incluso septiembre, de 1939. Los detalles se desconocen, porque seguramente él se encargó de que nadie fuera testigo de un encuentro que cambió muchas cosas, y estuvo a punto de cambiarlas todas."

Almudena Grandes, Inés y la alegría.



jueves, 19 de octubre de 2017

Una esperanza de alivio






"La enfermedad de Natasha era tan seria que, por suerte para ella y para sus padres, la idea de lo  había sido la causa de su mal, su proceder  y la ruptura con su prometido quedaron relegados a segundo término. Estaba tan enferma, que era imposible pensar que fuese la culpable de lo ocurrido. No comía, no dormía, adelgazaba a ojos vistas y tosía; en una palabra, estaba en peligro, como daban a entender los médicos. No se podía pensar más que en cuidarla. Los doctores iban a verla por separado, y en consulta hablaban en francés, en alemán y en latín; se censuraban unos a otros y recetaban las medicinas más diversas contra todas las enfermedades que conocían. Sin embargo a ninguno se le ocurrió la sencilla idea de que desconocían el mal de Natasha, lo mismo que desconocen todas las enfermedades de los hombres, puesto que cada uno tiene su dolencia particular, nueva y compleja, que la medicina no conoce. No hay enfermedades del pecho, del hígado, de la piel, del corazón, de los nervios, etcétera, catalogadas por la medicina, sino enfermedades debidas a una multitud de combinaciones de las afecciones de estos órganos. Esta sencilla idea no se les podía ocurrir a los doctores ( lo mismo que a un brujo no se le ocurre que no puede embrujar) porque el objetivo de su vida consiste en curar, porque cobran dinero por hacerlo y porque, para llegar a ese resultado, han gastado los mejores años de su vida. Pero sobre todo era porque veían su utilidad; en efecto, eran útiles para toda la familia Rostov. Eran necesarios, no porque obligaran a la enferma a tragar sustancias, la mayoría de las cuales eran nocivas (el perjuicio era poco sensible porque solían administrarse en pequeñas dosis), sino porque satisfacían a una necesidad enorme de la enferma y de las personas que la querían (ésta es la causa de que hayan existido siempre y existan curanderos, brujos y homeópatas). Satisfacían la necesidad eterna de los humanos de una esperanza de alivio, la necesidad que experimenta todo hombre cuando sufre de que lo compadezcan y de que lo cuiden. Satisfacían aquella necesidad eterna, humana, que se observa en el niño en su forma más primitiva; restregarse el sitio que le duele. El niño que se hace daño se echa en brazos de su madre o de de su niñera para que le besen o le froten el sitio dolorido, y en seguida siente alivio. No puede creer que las personas más fuertes y más inteligentes que él carezcan de remedio para aliviar su mal. Y la esperanza de alivio, así como la expresión de compasión de su madre mientras le frota el sitio dolorido, lo consuela. Natasha necesitaba a los doctores porque la besaban  y le frotaban la pupa, asegurándole que se pasaría si el cochero iba a la farmacia de la calle Arbatskaia a comprar unos sellos y unas píldoras en una cajita muy bonita por valor de un rublo y setenta copeks y si la enferma tomaba aquellos sellos con agua hervida cada dos horas con toda regularidad.

¿Qué harían Sonia, el conde y la condesa? ¿Cómo podrían permanecer sin hacer nada, sin aquellas píldoras que debían administrar a unas horas determinadas, sin aquellas bebidas calientes, sin las croquetas de pollo, ni todos aquellos detalles prescritos por el doctor cuya observancia ocupa y consuela a las personas que rodean al enfermo? ¿Cómo hubiera podido soportar el conde la enfermedad de su hija querida si no hubiese sabido que le costaba miles de rublos y que estaba dispuesto a gastar otros tantos para aliviarla; si no hubiese sabido que en caso de que no se curase la llevaría al extranjero para celebrar un consulta sin reparar en gastos; si no hubiese tenido la posibilidad de explicar detalladamente que Métivier y Feller no habían comprendido la enfermedad, que Frise la había atendido y que Mudrov la había definido mejor? ¿Qué hubiera hecho la condesa de no haber podido discutir con Natasha porque ésta no observaba exactamente las prescripciones del doctor?"

Lev Tólstoi, Guerra y paz.



miércoles, 18 de octubre de 2017

Enparantza kantoiko paisaia





"Zurezko eta elurrezko atso bat
ikusi nuen enparantza kantoian.
Ematen zuen ez zekiela zein kale hartu
eta nik ere ez nekien,

ez baita inora joaterik kaleotatik,
herrialde honetako
ezein kaletatik, ez zabal ez estutatik,
ez beste inongo ibilbidetik."

Joseba Sarrionandia.


Un duelo al amanecer




"Imaginar un duelo al amanecer, en el París de finales del siglo XVIII, no es difícil. Basta con haber leído algunos libros y visto unas cuantas películas. Contarlo por escrito es algo más complejo. Y utilizarlo para el arranque de una novela tiene sus riesgos. La cuestión es lograr que el lector vea lo que el autor ve, o imagina. Convertirse en ojos ajenos, los del lector, y desaparecer discretamente para que sea él quien se las entienda con la historia que le narran. La de estas páginas necesita un prado cubierto por la escarcha de la mañana y una luz difusa, grisácea, para la que sería útil recurrir a una neblina suave, no demasiado espesa, de la que a menudo brotaba en los bosques de los alrededores de la capital francesa —hoy muchas de esas arboledas han desaparecido, o están incorporadas a ella— con la primera claridad del día.

La escena necesita también unos personajes. En la luz incierta del sol que aún no amanece deben advertirse, algo desvaídas entre la bruma, las siluetas de dos hombres. Un poco más retiradas, bajo los árboles, junto a tres coches de caballos allí detenidos, hay otras figuras humanas, masculinas, envueltas en capas y con sombreros de tres picos calados sobre el embozo. Son media docena, pero no interesan para la escena principal; así que podemos prescindir de ellas por el momento. Lo que debe atraer nuestra atención son los dos hombres inmóviles uno frente a otro, de pie sobre la hierba húmeda del prado. Visten calzón ceñido y están en mangas de camisa. Uno es delgado, más bien alto para la época, y lleva el pelo gris recogido en una corta coleta sobre la nuca. El otro es de mediana estatura, y su pelo está rizado en las sienes, empolvado a usanza de la más exquisita moda de su tiempo. Ninguno de los dos parece joven, aunque estamos a demasiada distancia para apreciarlo. Acerquémonos un poco a ellos, por tanto. Observémoslos mejor.

Lo que sostienen en las manos, cada uno, es una espada. O una espada parecida a un florete, si nos fijamos en los detalles. El asunto, por tanto, parece serio. Grave. Los dos hombres están a tres pasos uno del otro, todavía inmóviles, mirándose con atención. Casi pensativos. Quizá concentrados en lo que va a ocurrir. Sus brazos caen a lo largo del cuerpo y las puntas de los aceros rozan la hierba escarchada del suelo. El más bajo, que de cerca también parece más joven, tiene una expresión altanera, quizá teatralmente despectiva. Se diría que, aunque estudie a su adversario, está pendiente de mostrar una bien compuesta figura ante quienes miran desde la linde del prado. El otro hombre, más alto y de más edad, posee unos ojos azules acuosos y melancólicos que aparentan contagiarse de la humedad ambiental. De primera impresión parece que esos ojos miren al hombre que tienen delante, pero si nos fijamos bien en ellos advertiremos que no es así. En realidad están absortos, o distraídos. Ausentes. Tal vez, si en ese momento el hombre que tienen enfrente cambiase de posición, esos ojos seguirían mirando hacia el mismo lugar, indiferentes a todo, atentos a imágenes lejanas que sólo ellos conocen.

Desde el grupo congregado bajo los árboles llega una voz, y los dos hombres que están en el prado levantan despacio los espadines. Saludan brevemente, llevando uno de ellos la guarnición a la altura del mentón, y luego se ponen en guardia. El más bajo apoya la mano libre en la cadera, adoptando una elegantísima postura de esgrima. El otro, el hombre alto de los ojos acuosos y la corta coleta gris, tiende el arma y alza la otra mano, puestos casi en ángulo recto brazo y antebrazo, con los dedos relajados y ligeramente caídos hacia adelante. Los aceros, al tocarse con suavidad por primera vez, producen un tintineo metálico que suena nítido, argentino, en el aire frío del amanecer.

Sigamos escribiendo, ahora. Contemos la historia. Sepamos qué ha traído a esos personajes hasta aquí."

Arturo Pérez-Reverte, Hombres buenos.

La sociedad




«Aunque el mundo contiene muchas cosas decididamente malas, la peor de todas ellas es la sociedad».




We all have fears




History repeating



"They say the next big thing is here,
That the revolution's near,
But to me it seems quite clear
That's it's all just a little bit of history repeating."


Todo era claro y sencillo





"Después de haberse presentado al jefe de haber recibido el mando de su antiguo escuadrón, una vez que se hubo introducido de nuevo en los pequeños intereses del regimiento, cuando se sintió privado de libertad, cuando se vio en aquel marco estrecho e inmutable, Rostov experimentó el mismo sosiego y la misma seguridad que al estar bajo el techo paterno. En el regimiento no existía ese desorden de la vida libre en que Rostov no se sentía en su elemento y se equivocaba en sus elecciones; no estaba Sonia, con la que debía o no explicarse. Era imposible dejar de ir a algín sitio, si lo habían mandado a uno, no se tenían las veinticuatro horas del día para disponer de ellas a su antojo, no existía esa multitud de seres que le tenían a uno en cuidado, ni esas relaciones indefinidas con su padre referentes al dinero. Además nadie le recordaba la tremenda cantidad que había perdido jugando con Dolojov; todo era claro y sencillo. El mundo entero estaba dividido en dos partes iguales. una, el regumiento de Pavlograd, y la otra, todo lo demás. Rostov nada tenía que ver con la segunda parte. En el regimiento uno lo sabía todo; quién era bueno, quién malo y, sobre todo, quién era un buen camarada. El cantinero servía a crédito; cada cuatro meses se percibía la paga y no se podían tener caprichos. Pero, desde luego, era preciso no hacer nada que se juzgara malo en el regimiento de Pavlorgrad. Uno tenía que cumplir lo que le mandasen con exactitud, y entonces todo marchaba bien."

Lev Tolstói, Guerra y paz.


Where my books go





El silencio





"Yo encontraba el silencio bastante aburrido. En mi casa siempre reinaba el silencio. Del ruido se ocupaban exclusivamente máquinas como el cortacésped, la aspiradora o el secador de pelo. Como en mi familia no hablaba nadie, poseíamos diversos estilos de  silencio. Existía el silencio de mutuo acuerdo, el furioso, el amable, el cortés y el descortés. Cuando no podíamos expresar algo con el silencio, no lo expresábamos, señal de que no habría sido tan importante."

Ronja Von Rönne, Ya vamos.


Untouched unspoken to




Mi mayor pasión es la pereza



"Me preguntó:"Dígame, en verdad; ¿cuál es su pasión principal? ¿La conoce ya? Me figuro que sí". Turbado por esta pregunta, contesté que mi mayor pasión es la pereza."

Lev Tolstói, Guerra y paz.